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miércoles, 13 de junio de 2018

Trova y humedad


El concierto empezaría a las 9 de la noche. Luego de sortear un par de inconvenientes de tráfico, que amenazaban con retrasar la llegada de la comitiva al inicio del recital, se llegó al punto señalado en los boletos.

José Raúl Pinoargote y su banda, “Kana en Tinto”, harían entonces un recorrido sobre temas emblemáticos de la trova, ese género comprometido al que algunos llamaban 'canción social' o 'canción latinoamericana', con anexos puntuales de temas del propio cantautor. Sonaron, entre otros: Mercedes Sosa, León Gieco, Víctor Heredia, Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Jorge Drexler, en la voz de José Raúl, con la armoniosa instrumentación preparada para el efecto.

Por la blanda arena 
que lame el mar 
su pequeña huella 
no vuelve más 
un sendero solo 
de pena y silencio llegó 
hasta el agua profunda 
un sendero solo 
de penas mudas llegó 
hasta la espuma. 
(Alfonsina y El Mar)

Estaban sentados en una mesa ubicada en posición oblicua al estrado donde se desarrollaba el concierto. Los temas interpretados, de hondo contenido social, así como de remarcable vena poética, hicieron que se estrechasen las manos de cuando en cuando. A él le gustaba jugar con el cabello de ella, ensortijando las largas hebras de su cabello suelto, poniéndoselo detrás de las orejas, o le acariciaba la espalda con suavidad. Un par de veces le besó la mejilla, justo cuando sonaba: “tengo un poema escrito más de mil veces, en él pregunto siempre que mientras alguien...”, lírica que llegaba a los oídos de ambos por cortesía de Víctor Heredia, con la voz de José Raúl y también cuando, en un alarde de virtuosismo, el propio José Raúl en interpretación intimista, entonando él mismo la guitarra clásica, interpretó la preciosa y emotiva “Un minuto, una hora”. La letra de la canción, realmente invitaba a dejarse llevar por la noche, llena de una sugerente oscuridad, con candiles en cada una de las mesas, lo que otorgaban a la velada una atmósfera de romanticismo similar al que uno podía ver en las películas que la gran pantalla ofrecía con periodicidad.
Puede ser que no pisaste a fondo
Porque acá en lo más hondo,
Tengo tanto que contarte
O puede ser que las olas del mar,
Ya no llegan vivas, a romperse en nuestra orilla
(Un minuto, una hora, José Raúl)

Esta canción, interpretada a coro con el público, entre los que él era uno de los más fervientes cantantes improvisados, supuso una especie de clímax para los sentimientos que lo habían llevado a invitarla al concierto. Él entendía que lo que Juan Carlos Arbona, uno de sus últimos huéspedes de Couchsurfing le había dicho, era una verdad irrefutable: la vida era y se trataba en exclusiva, de fluir, de dejar el ego atrás y dejar que las cosas fluyan. A él, un asiduo lector de filósofos de alta alcurnia, le parecía increíble que una de las verdades más grandes de su vida, hubiese sido dicha por un humilde campesino de Mallorca. Le dio varios besos en la mejilla, sin importarle nada más que expresarle su cariño, su aprecio, su agradecimiento por hacer de esa noche, algo memorable. Él trató de tenerla siempre cerca; de cierto modo, procuraba transmitirle la pasión por ese tipo de música que tanto significaba en su vida. Hubo momentos de clímax, como por ejemplo, en la interpretación de Ojalá, del maestro cubano Silvio Rodríguez:

Ojalá se te acabe la mirada constante
la palabra precisa, la sonrisa perfecta
ojalá pase algo que te borre de pronto
una luz cegadora, un disparo de nieve
ojala por lo menos que me lleve la muerte
para no verte tanto, para no verte siempre
en todos los segundos, en todas las visiones

Al terminar el concierto, tomaron rumbo al sitio en que compartirían, posiblemente la noche. Luego de un pequeño intercambio de opiniones, decidieron que la noche aún ofrecía posibilidades de diversión y fueron a a un bar donde podrían también hacer gala de sus hablidades danzarinas (habilidades de las que él carecía, por completo). Compartieron unas copas, él hizo el ridículo saliendo a la pista con ella, que tenía buen porte, excelentes dotes de bailarina, parecía que sus pies tenían contrato de exclusividad con el ritmo, llenaba la pista de candor y de gracia con sus rítmicos contorneos, además, trataba de no dejar tan atrás a él, mediante pequeños consejos de baile, para que éste no sea tan lastre para ella. Un observador imparcial, habría notado que tenían un buen feeling, no para bailar, por supuesto, pero sí por la forma en que se comunicaban y se trataban.

Llegada la hora de retirarse, ella decidió que rendiría pleitesía al dios tabaco, ese silencioso y elegante asesino; el asesino con “charm”. Él no tenía claro cómo abordarla para hacerle sentir lo especial que había sido compartir esa noche con ella y lo llenaba de regocijo saber que aún tenía tiempo para con ella.

Al entrar a la habitación, intentaron verse como normales, es decir, sin mostrar apuro alguno. Ella estaba algo trémula, él algo relajado pero con ansiedad por dentro. La besó con suavidad al principio, luego con algo más de pasión, que podía confundirse incluso con apuro. Ella correspondía a sus besos y caricias con reacciones igual de intensas. Tenían la madrugada para ambos, nadie podía interrumpirlos, el aumento rítmico de la respiración y la temperatura corporal de ambos, los prepararon para el siguiente paso. Ella estaba en sus manos, él le demostraba no fuerza sino cariño, delicadeza incluso y una obsesión por satisfacerla. Sus manos se entrelazaban, él ya no le besaba la boca, pero no dejaba de besarla, a ella le correspondía sentir como el placer le iba nublando la vista, había oscuridad, la respiración de ella empezaba a acelerarse aún más, él no dejaba de besarla, de hacerle sentir cuánto la deseaba. Navegaba con sus manos el cuerpo de ella, mientras aquesta, invadida totalmente de un hormigueo tenue pero constante, arqueaba la espalda de forma cíclica. Cuando ella lo sintió dentro de sí, su cuello no paraba de girar, mientras no encontraba forma de soportar el arrebato de emoción que la cubría casi por completo, luego, súbitamente, la pasión sufrió un ataque. La respiración se desaceleró. La temperatura bajó. Los cuerpos se enfriaron. Sintió una molestia. Consensuaron detenerse. La música que sonaba, aunque baja en volumen, no colaboraba con el momento. Él le pidió que dejara de pensar en lo ocurrido, que las ocasiones posiblemente se sucederían y la siguiente vez sería como las primeras: más satisfactorias que esta. Ella no se resignaba. Hablaron largo rato. A él, le parecía que ambos eran los protagonistas de “Ojos de perro azul”, el sensual, esotérico y ciertamente triste cuento de Gabo. Entonces, cuando él se disponía a dormir, ella decidió que un día tan magnífico como aquel, no podía quedarse sin un adecuado cierre. Haciendo gala de una pasión irrefrenable, lo embistió, lo tomó en sí y él, pletórico, correspondió. La escalada de placer fue inevitable, llegó como avalancha, cadencioso sainete de respiración entrecortada por los furibundos besos que él le daba, sin darle oportunidad a respirar, se confundieron en un torbellino de caricias, arremetidas, besos; cuellos y espaldas arqueados y manos entrelazándose fuertemente, sobrevino el clímax, la cima del placer. Él se quedó ligero y juraría que ella tenía una suerte de ráfagas, que a manera de espasmos musculares le cruzaban por las piernas. El aliento de ambos se mezclaba en pequeñas exclamaciones de gratitud, mientras él recordaba, con alivio, con satisfacción, con una sensación mezcla de gratitud, exaltación y protección para su pequeña, la letra de “Razón de vivir”:

Para decidir si sigo poniendo
esta sangre en tierra,
este corazón que bate su parche,
sol y tinieblas.


Para decidir, para continuar,
para recalcar y considerar,
solo me hace falta que estés aquí
con tus ojos claros.

Ay, fogata de amor y guía,
razón de vivir mi vida.

viernes, 25 de mayo de 2018

El viento, el recuerdo y Fake Plastic Trees de Radiohead.


A Jeniffer (con doble efe) Sampedro S.
Guayaquil, septiembre 2015 

No llovía, pero hacía un viento algo húmedo que refrescaba bastante, tal vez en demasía. Había amanecido más oscuro de lo que era habitualmente en esa época del año. Nubarrones grises que a ojos de cualquiera que no viviera en la ciudad anunciaban lluvia, poblaban el cielo (los avecindados sabían bien que, lo único que se podía predecir en esa ciudad, era el calor y la humedad, porque jamás los privaba de su presencia). Él ya iba de salida, encaminado a su rutina laboral, mientras gente apurada por ir a sus trabajos o apurada llevando a sus hijos a escuelas y colegios eran moneda común a esa hora. A dos manzanas de distancia de su casa estaba la vía por donde pasaba el bus que lo llevaría la primera parada de su viaje. Lo tomó sin problemas. Como siempre a esa hora, no había asientos desocupados, por lo que, una vez dentro del vehículo, estiró uno de sus largos brazos para mantenerse en equilibrio, sujetándose de la barra de aluminio que surcaba longitudinalmente el autobús, clavada al cielo raso. Al estar en la parte del casco central donde usualmente se bajaba, caminó 3 manzanas más para tomar el otro autobús, que lo llevaría a la ciudad pequeña cercana, donde esperaría a su compañera de trabajo, para juntos, ir a la oficina en que laboraban. Para ello, tomó uno de los buses amarillos grandes, algo envejecidos, que hacían esa ruta, pagó el pasaje al conductor y por fortuna, pudo tomar asiento. Era la única persona que llevaba gafas de sol puestas a esa hora del día.

La radio del bus tenía puesta música del tipo del que él particularmente aborrecía: géneros tropicales de compás simple que generalmente hacían loas obscenas a la voluptuosidad y la lujuria, con no pocas referencias a traiciones amorosas, hazañas sexuales y parábolas de remarcada simpleza. A él no le gustaban porque había sufrido durante mucho tiempo la herida que le dejaron los engaños y la traición de la persona que amaba. Además, él sabía que a ella le gustaban esos tipos de música, la que se reproducía mucho en lugares de diversión nocturna, que ella gustaba de frecuentar y que él no visitaba, no tanto por esnobismo o por aires de intelectualidad, sino más bien porque se sentía en desventaja ante las variadas y abundantes muestras de pericia técnica de las parejas que bailaban. A él le era tan difícil hacer lo que todo el mundo en esos sitios hacía como si hubieran nacido haciéndolo; siempre decía y se decía que tenía dos pies izquierdos. El derroche de sensualidad de las personas que danzaban le atraía pero a la vez, le repelía; le dolía saber que su amada estaba expuesta a hombres apuestos, de buen continente, que bailaban bien, que eran los “reyes de la noche” y que él, que podía citar sin problemas a Wilde, a Joyce, que adoraba a Borges y solía tomar café leyendo pasajes de Bertrand Russell, no podía competir contra ellos; que su sensibilidad poética o su inteligencia no eran consideradas sex appeal. Se odiaba por no ser como ellos, como cualquier hombre que tuviera lo que su amada admiraba: buen físico, pericia para el baile y ganas de farra. Se odiaba por no ser normal, por preferir a Radiohead en vez de algún cantante de reggaetón. Se odiaba porque sabía que había intentado convertirse en un hombre como todos, pero había fallado en esa empresa. Se odiaba incluso porque mientras todo el mundo escuchaba sin problemas lo que sonaba en la radio, a él le causaba estrés. Pese a la acuciante necesidad que sentía de “neutralizar” el barullo exterior, tenía miedo de prender su reproductor portátil de música. Hacía ya un buen tiempo que no había descargado música nueva, mas bien había eliminado casi toda la música y, por una de sus recurrentes crisis melodramáticas, había dejado intacto el “The Bends”, ese álbum de Radiohead de 1995 que tanto le gustaba por lo rapsódico que le resultaba. Temía, más que todo;  oír “Fake Plastic Trees” por la angustiante melancolía que le provocaba saber que estaba abducido por el juego; ese ir y venir; estar y no estar; querer y no querer, que había caracterizado a la última década con (sin) ella. Se figuraba como el jugador de un juego interminable; aquel que había renunciado a su libertad por enésima vez; persiguiendo el sueño de convertirse en alguien que atraiga a su amada. Se imaginaba de plástico, de caucho, siendo maleable, soportando todo, durante tanto tiempo. Se decía, recordando la letra de la canción: “If I could be who you wanted… all the time (si yo pudiera ser quien tú quisieras…todo el tiempo)”. Ya lo había intentado de todas las formas posibles (o al menos así lo consideraba); ya le había causado dolor siendo indiferente ante las peticiones de ella. Durante mucho tiempo se había refugiado en el anonimato; había desaparecido sólo para causarle dolor y creía que había tenido éxito, aunque no podía negar que esa actitud también le provocaba dolor a él, el dolor de saber que no debía tenerla… pudiendo hacerlo. Otras veces había sido al revés, había estado con ella pero a la vez no se prohibía estar con otras mujeres. Él se decía que estando a la vez con ella y con otras el dolor sería llevadero. No lo hacía para particularmente causarle dolor, sino que lo consideraba una forma de estar prevenido ante el dolor que le causaría una nueva partida de ella; una nueva despedida. ¡Y es que había ocurrido tantas veces! ¡Tantas veces ella se había ido! Es por eso que en este “nuevo intento”, se dijo que sería totalmente sincero con ella y lo había tratado de ser. Había expresado amor las veces que sintió que debía expresarlo, sin contenerse. Había hecho llegar presentes las veces que se le ocurrió que debían llegar, sin contenerse. Se había dado maneras para volver a amarla y creía que lo estaba logrando: se enamoró nuevamente de ella. Él estaba seguro de que ya había dejado de quererla, pero algo en el viento de la noche del 14 de febrero, cuando estaba con otros amigos que celebraban al amor en la ribera del gran río, en un sitio de bebidas de moderación, le ocurrió. Él sintió que algo le impelía a actuar, algo le decía que vaya buscarla, que no se preocupe por el tiempo perdido sino por el que podría perder. Esa sensación tenía algo especial, él había salido sólo por insistencia de uno de sus mejores amigos, quien saldría con la novia pero quería que él lo acompañara, y él, aunque odiaba la faceta de “tercero” en una noche de parejas, accedió a salir sólo por complacer a su amigo. Fue entonces cuando, entre la nostalgia del recuerdo de ella y el poco decoroso sentimiento de ser siempre el tercero acompañando a sus amigos en pareja; decidió que tenía que ir a verla. Y a fines de ese mes lo hizo. Había empezado (o había creído empezar) una nueva etapa de sentimientos. Él tenía claro que era difícil tener una relación con ella, por todo lo que había pasado. Pero se había prometido intentarlo, se había prometido que iba a purgar todo el veneno, que iba a hacer un ejercicio extraordinario de dejar el pasado atrás, de cerrar el libro y empezar una nueva historia, con la misma persona a la que había amado desde hace una década. Y lo estaba haciendo, lo estaba logrando. Estaba dejando atrás esos pensamientos bajo lógicas de comprensión, de perdón, de arrepentimiento… y de construcción. Pero más que todo, sentía fervorosamente que lo que guiaba este caminar, era el incombustible amor que sentía por ella.

Se admiró de que en tan poco tiempo (generalmente tomaba unos 15 minutos el viaje en bus desde el casco central hasta la ciudad donde lo recogería su colega) tantos y tan difusos pensamientos se le vinieran a la mente. Se decía que era increíble lo que ella le generaba más que todo porque él, siendo un súbdito de la razón, no encontraba asidero racional a tamaño sentimiento.

Ahora, lo embargaba nuevamente una tristeza insuperable. Todo había estado bien en la relación durante el último par de meses; pese a pequeños “impasses”, él se sentía respaldado nuevamente, se sentía querido, sentía que sí, que esta vez sí podía ser realidad. Pero… había llegado desafortunadamente al conocimiento de esa fotografía. En la instantánea se la veía relajada, en estado neutral pero con una incipiente alegría, cabello suelto, una blusa de colores sin mangas que él si le había visto usar, ligeramente dispuesta hacia su derecha, y sí, a su derecha estaba un hombre de tez blanca, con una gorra deportiva y camiseta de la misma marca, con un logo fosforescente, que brillaba en la oscuridad, éste tenía una sonrisa algo taimada –o al menos él suponía que se veía así: artero, ladino-, y la abrazaba… y ella tomaba, con su mano izquierda, la mano izquierda de él. A criterio de él, era una fotografía de una pareja más. El lugar en que se había tomado era justo el tipo de lugares que él odiaba por lo que le recordaban, porque estaba presente ese presentimiento cruel de que cada vez que ella fue a un sitio de esos, no le guardó consideración. Era oscuro, como una discoteca, había cervezas por doquier, era el tipo de salida que él sabía – o creía saber- , cómo terminaría. Eso lo descolocaba. Lo destruía. Aún más, creía que el hombre con el que ella posaba en la foto era aquel que la había llamado cuando ellos estaban por salir de viaje hacia la costa, para pasar un día y una noche restantes del último feriado que hubo en el país. Él le había preguntado las razones por las que aquel hombre la llamaba y ella había dicho varias cosas en apariencia tranquilizantes, como que el hombre que la llamaba era un amigo, que habían sido novios, que no le había durado dos meses la relación, que estaba casado y tenía hijos y que ella se llevaba bien con la esposa de aquel. Pero entonces ¿por qué estaban así, como pareja? No era un abrazo común, ella estaba dispuesta a él en la fotografía, la cara de ella decía mucho, se sentía bien con el tipo y él tenía un rostro de satisfacción. Esto había bastado para provocarle una desazón de la que no sabía cómo salir. Se preguntaba “¿Hasta cuándo? ¿Por qué? ¿Por qué me hace esto si me hace entender que esta vez sí vamos a hacerlo?”. Él mismo se daba soluciones: pensaba que ahora, ya no celebraría cumplemes los días 24, contando desde el 24 de junio sino que dejaría atrás eso y empezaría a celebrar cumplemes los 14, por cuanto el 14 de agosto ella había expresado de cierto modo más notorio, que estaba enamorada de él. Es que él ya sabía la fecha de la foto, y le dolía saber que a sólo unos días antes de eso, le había hecho llegar unas flores a su trabajo, y ella dijo que unas lágrimas le rodaron por el rostro. Pero él, que había luchado tanto tiempo con los fantasmas de su doloroso pasado, ya no sentía fortaleza, sentía que nuevamente había sido traicionado, no quería reconocer nada más que lo que pensaba de esa foto, de la llamada y de las cosas que ya sabía sobre la extraña relación entre el tipo de la foto y ella. Estaba aún más dolido porque siempre había tratado de decirle que le diga “no” a los que la pretendieran por respeto a él, pese a que ella le había confesado que ella no podía decir que “no” y esto era otro de los asuntos dolorosos que él a veces, simplemente no podía concebir: “¡Cómo puede ser tan abierta todo tipo de peticiones! ¡Cómo! ¡Cómo!” Siempre rogaba pretendiendo que no suene a ruego sino más bien a conversación que ella deje de ser así, que si lo iban a intentar ella y él, lo ayude, guardando distancia con los que –naturalmente, dado el atractivo de ella- la pretendieran. Ahora, no sin una melancolía que amenazaba con llegar a lágrimas y aún más, a llanto; empezaba a pensar que no era a los otros a quienes tenía que decir que “no”, pero si a él, porque al menos eso se merecía él, que le diga que no, que no lo tenga esperanzado e ilusionado, con una relación en que por parte de ella no había monogamia. Él creía merecer que ella le hubiese respondido de forma negativa. Que le hubiese dicho que no, que no estarían juntos nunca más. Se decía que al menos, con esa respuesta, él hubiese entrado en un periodo de análisis, doloroso pero necesario de razones y circunstancias y al final, hubiera decidido, motivadamente, si la seguía o simplemente la dejaba ir. Pero ella le había dado esperanzas y, pese a que todo parecía esta vez ir bien, él sentía que ella estaba comportándose como siempre, como hacía diez años. Y él, que casi en cada asunto de su vida sabía exactamente qué hacer y qué consecuencias traería, pensando casi siempre en función de jugadas de ajedrez, ahora, como cada vez que tenía que lidiar con ella, no sabía qué hacer, no tenía idea de qué hacer.

Un fuerte sonido de claxon y varios gritos de personas diciendo “¡puerta! ¡La puerta!” lo sacaron de sus devaneos y lo pusieron en pie. Se apresuró a bajar del bus, ya estaba casi en el punto donde solían encontrarse con su compañera de trabajo. Al llegar ésta, lo primero que hizo fue preguntarle si acaso tenía algún tipo de afección ocular que lo hayan obligado a ponerse gafas tan temprano. El respondió que no, que había sido una muy mala sesión de sueño la que lo obligaba a cubrirse los ojos. Minutos después, ante lo raro que se le hacía a la conductora el silencio de su copiloto, puesto que él siempre hablaba bastante sobre multitud de temas, preguntó si él necesitaba un pañuelo, ya que le veía rodar algo sobre la mejilla. Él dijo, torpemente, que no; que parecía que las gafas que usaba eran de mala calidad y que seguramente el viento (posiblemente el mismo viento del 14 de febrero), le había causado unas cuantas lágrimas.

miércoles, 3 de enero de 2018

Marginalia de "Nunca me abandones (Never Let Me Go)", de Kazuo Ishiguro

“Vi un mundo nuevo que se avecinaba velozmente. Más científico, más eficiente. Sí (…) Pero más duro. Más cruel. Y veía a una niña, con los ojos muy cerrados, que apretaba contra su pecho el viejo mundo amable, el suyo, un mundo que ella, en el fondo de su corazón, sabía que no podía durar y lo estrechaba con fuerza y le rogaba que nunca, nunca la abandonara. (…) No te vi realmente a ti, ni lo que estabas haciendo. Pero te vi y se me rompió el corazón. Y jamás lo he olvidado”.

Decidí leer a Kazuo Ishiguro (Nagasaki, 1954) por la novelería generada a partir de la concesión que la Academia sueca le hizo del Nobel de Literatura. Con las bondades que de su obra señalaban algunos portales y blogs literarios, me di a la tarea de buscarla y escogí –porque a priori resultaba acorde a mi melomanía, el título- “Nunca me abandones (Never let me go)”, en la traducción de Jesús Zulaika.

Lo que primero llama la atención es que la novela fue nominada al premio Arthur C. Clarke en el 2006. Digo que llama la atención porque si bien al abrirse camino en el relato uno caerá en cuenta de que está ambientada en un mundo distópico, es poco probable que el lector medio incluya al relato en la categoría de ciencia ficción (que es la categoría a la que está dedicada el antedicho premio), ya que, de hecho; el autor británico (vivió en Inglaterra desde los seis años de edad y se nacionalizó en 1982) no pierde el tiempo dando nociones científicas que sustenten el mundo en que se desarrolla la novela (que tampoco es un dechado de parafernalia), sino que va directo a los sentimientos, los que muestra con maestría y desbroza con maestría psicológica al mostrar la ingenuidad, rabia e incertidumbre de los personajes, mientras van dejando atrás la inocencia –que es ingenuidad también- de la adolescencia.

La novela trata sobre esencialmente, dos chicas (Ruth y Kath) y un chico (Tommy) de Hailsham House, una escuela (¿o reclusorio provisional?) y su progresivo entendimiento del mundo que los rodea y del destino que les espera (del que no pueden zafarse). Está narrada por Kath, quien ya tiene 31 años al momento de empezar a contar sus memorias y, pese a que hábilmente Ishiguro pone a criterio del lector si creer o no a la story teller por la profusa –díriase barroca- exposición de diálogos, que lleva a la protagonista a reconsideraciones de su punto de vista original, como en ciertos pasajes de Преступле́ние и наказа́y ние (Crimen y Castigo) haría el genio de Dostoievski en el inolvidable personaje de Raskolnikov y, a eventuales advertencias sobre lo que iba a suceder en base a ciertos hechos; como cuando Kathy es encontrada de niña abrazada a una almohada mientras se bamboleaba lentamente al compás de “Never Let Me Go”, la canción de Judy Bridgewater [1] y provoca lágrimas en Madame (una de las “tutoras” de Hailsham) no solo por lo tierno del cuadro sino por lo imposible (ninguno de los alumnos de Hailsham podrá tener lo que llamaríamos “una vida normal”) de que suceda; es probable que se dé el testimonio de ella por válido y honesto. Kathy va a abrir su alma de par en par, como las puertas de las Cottages (lugar al que son destinados los alumnos una vez alcanzan cierta edad) cuando salen los veteranos de paseo.

Pero a todo esto… ¿sobre qué mismo trata la novela? La novela es acerca de la levedad (en el concepto de Milan Kundera), de la finitud de la existencia, de la desesperanza, de la traición a los propios sentimientos, de la imposibilidad de realizar algo que se desea con todas las fuerzas, como en este pasaje de la página 411 en que Tommy se dirige a Kat: “No hago más que pensar en ese río de no sé qué parte, con unas aguas muy rápidas. Y en esas dos personas que están en medio de ellas, tratando de agarrarse mutuamente, aferrándose con todas sus fuerzas el uno al otro, hasta que al final ya no pueden aguantar más. La corriente es demasiado fuerte. Tienen que soltarse, y se separan, y se los lleva el agua. Pienso que eso es lo que pasa con nosotros. Qué pena, Kath, porque nos hemos amado siempre. Pero al final no podemos quedarnos juntos.”. Suscribo totalmente lo que dice el reseñador Trevor, en goodreads[2], “no hay nada fácil en la lectura de esta novela, aunque esté escrita en la más simple de las prosas, tiene una honestidad de sentimientos que te marca el alma”.

 El crítico literario de The Guardian, M. John Harrison[3], opina que la novela trata sobre la “continua pérdida de la esperanza”, agregando que es también sobre el reprimir lo que se sabe y sobre el hecho de que mientras se sabe que se debe mantener la calma, mantener la calma no va a cambiar nada. Porque también, Ishiguro nos hace sentir hasta cierto modo culpables de no haber hecho las cosas “a tiempo”, cuando el sino de la fatalidad (significada por cada vuelta del calendario) se empieza a cernir inexorablemente sobre nosotros. A Kath le parece que Tommy piensa: “Sí, estamos haciendo esto ahora y estoy contento de hacerlo. Pero qué lástima que lo estemos haciendo tan tarde”. Y continúa, páginas después, sumida en sus meditaciones: “lo estábamos haciendo demasiado tarde. Había habido un tiempo para ello, pero lo habíamos dejado pasar…”.Y es que esta novela expone con habilidad el significado de Saudade[4]. Y pinta, con maestría poética, este sentimiento: “Lo dije en voz muy baja, porque no creía que pudiera oír mis palabras aunque se las dijera a voz en grito. Pero tenía la esperanza de que, si nuestras miradas seguían unidas durante unos cuantos segundos, ella sabría leer mi expresión como yo había sabido leer la suya. Luego el momento pasó, y ella volvió a su lejanía. Nunca podré saberlo con certeza, pero creo que me entendió”.

Al culminar la lectura, con la congoja que me produjo el final; recordé que los chicos de Hailsham no se entristecían demasiado cuando perdían algo, porque sabían que cualquier cosa que se perdiese, podía ser encontrada de nuevo en Norfolk, lugar a donde iba a parar todo lo que se extraviase. La pluma de Ishiguro me recordó que he perdido muchas cosas. Y que no conozco la ruta a Norfolk.

Foto del Mar Negro, tomada desde Adler, en las cercanías del parque olímpico de Sochi. 



[1] Judy Bridgewater no existe. La canción que supuestamente oía Kathy está cantada por Jane Monheit, como un remake de la canción de los 60 de Lloyd Price, homónima al título de la novela. https://www.youtube.com/results?search_query=lloyd+price+never+let+me+go+
En todo caso, debe recordarse que Ishiguro es escritor de letras de canciones, estudió piano en su niñez y ha declarado que la música le ha ayudado a superar a veces el síndrome de la página en blanco; así mismo, defendió la entrega del Nobel a Bob Dylan y ha abogado por la “expansión” de las fronteras de la Literatura (¿se imaginan el Nobel para Vince Gilligan por Breaking Bad, para Miyamoto por Super Mario Bros o para Benioff, Weiss y George R.R Martin por ese “producto total” que es GOT?), algo que, aunque tibiamente, parecería que la Academia ha empezado a hacer.
[2] Puede leerse (en inglés), la excelente reseña de Trevor sobre la novela, aquí: https://www.goodreads.com/review/show/9773150

[3] El magnífico artículo (en inglés) de M. John Harrison sobre Nunca me abandones, está aquí:
[4] Según Wikipedia, Saudade es: “es un vocablo de difícil definición incorporado al español empleado en portugués y en gallego, que expresa un sentimiento afectivo primario, próximo a la melancolía, estimulado por la distancia temporal o espacial a algo amado y que implica el deseo de resolver esa distancia”.